“Vivir al día”: testimonios desde la pobreza

“Vivir al día”: testimonios desde la pobreza

“Vivir al día”: testimonios desde la pobreza

Remedios Contreras es una mujer de 89 años, alta, con cuerpo delgado; su pelo, aunque no tiene ya rastro de tonos oscuros, le llega casi a la altura de su cintura, sus manos temblorosas están marcadas por arrugas y venas hinchadas; tiene una voz rasposa y fuerte, tanto que parece regañarte al hablar.

Remedios se considera fuerte y sana a pesar de su avanzada edad; ella busca la manera de poder darle comida a su familia, quienes viven en su casa, junto con cuatro perros, tres gallos y dos gallinas. Su hogar no tiene puertas aseguradas, ni colchones en donde dormir, no tiene color alguno. El pórtico llama la atención porque bolsas llenas de plástico y latas de aluminio lo inundan, llegan casi a la banqueta de la calle. Una placa con la leyenda de “Piso firme” y el logo de un partido político sobresale de la pared destruida que enmarca la casa.

Doña Remedios, como la conocen en su colonia, se dedica a vender “lo que puede”, para poder subsistir día con día. La mayoría de las veces, Doña Remedios y su hijo José, quien no tiene una pierna a causa de “la polio”, juntan reciclables para venderlos; ella en sus ratos libres borda manteles que le encarga la gente, pero casi siempre vende nopales y carambolo afuera de su casa.

Dice que solo vive para sus nietos, Pablo y Esteban, de doce y diez años respectivamente; son bajos de tamaño, al grado que aparentan tener siete años: las costillas se les marcan exageradamente en la piel que es escasamente arropada por unas playeras que parecen dos tallas más pequeñas que su medida. El mayor no estudia, se dedica a “hacer mandados” para ganarse una propina, la cual le da a su abuela para ayudarle a comprar la comida. El menor va a la escuela con zapatos y uniformes usados, que son recaudados por las profesoras que le han dado clases; Esteban dice que de grande quiere ser maestro.

Otra de las personas que reside en la casa es Mago Contreras de 37 años, hija de Doña Remedios y madre de Pablo y Esteban, tiene siempre el pelo alborotado, las arrugas inundan su rostro, especialmente junto a sus ojos y el entrecejo, carga con una sonrisa desgastada y cansada. Ella -dice su madre- solo busca trabajo cuando necesita dinero, haciendo la limpieza de casas o se va a trabajar en temporadas a una limonera.

Remedios menciona que solo quiere que sus nietos sepan ganarse la comida solos sin irse por el mal camino, para poder descansar lo que le resta de vida. Ella asegura que “a esta vida solo se viene a trabajar”.

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Mercedes Álvarez o mejor conocida en su colonia como “doña Meche” es una mujer de tez morena, cabello largo y estatura promedio; 75 años son los que lleva en este mundo de penas y alegrías según ella relata. Se caracteriza por su dócil carácter y sus ganas de seguir adelante cueste lo que cueste; ella se ha dedicado durante años a solventar todos los gastos de su familia, tres hijos (dos hombres, una mujer), un esposo y hace un lustro, se integró un pequeño más a la familia: un nieto.

Haciendo de lado la crisis económica por la que siempre pasa en el país, de manera particular su situación financiera nunca fue favorecedora, puesto que ella venía de una familia muy humilde al igual que su esposo, la falta de estudios no les permitió prepararse y continuar con su preparación por lo que esto evitó que lograra subir escalones dentro de la sociedad.

“Los políticos sólo nos llenaban de despensa y artículos necesarios para nosotros en sus campañas, esa temporada era la mejor y la verdad es que me daba un poco de alegría saber que por lo menos esos días teníamos unos buenos frijolitos en la mesa servidos”. Contaba doña Meche, pero la nostalgia era más que evidente, pues recordaba los mejores momentos en donde la preocupación por tener qué comer era menor que la de un día anterior.

Por otro lado, la señora Meche comenta que sus trabajos siempre fueron de muy poca paga y de mucho esfuerzo, en su mayoría eran aptos para la capacidad masculina, pero como ella se defendía diciendo: “Nadie hace mejor el trabajo, que una madre desesperada por la comida para sus hijos”, la voz se quebraba al contar esto, sus ojos gritaban dolor y recuerdos aterrizaban en su mente.

Sin embargo, los años se han hecho presentes y con ellos se han presenciado dolores, enfermedades y canas, las ganas de seguir llevando el pan a la boca eran las mismas, pero la capacidad era cada vez menor y de nueva cuenta ansiedad, angustia y hambres se volvían a hacer presentes en la mesa de aquella pequeña casa de madera, piso de tierra y techo de láminas viejas.

“No sabía que hacer hija, no sabía que es lo que haría porque mis dolores ocasionados por la osteoporosis eran mayores y el movimiento en mis manos era menor, pensaba y pensaba, pero no sabía que es lo que haría para ayudar. – Lágrimas de nueva cuenta en el rostro de aquella señora con gestos arrugados se hacían presentes y yo no sabía qué hacer, seguir preguntando o dejar el martirio de aquella señora al lado. – Me dolía más no saber que hacer que mis manos viejas”.

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En un rincón de Colima, dentro de una pequeñita casita de ladrillos y cemento, parecido a estar en obra negra, se encuentra la señora Josefina de 83 años de edad, se ha dedicado desde sus 20 años a vender nopales, tanto como en penca, como partidos en cuadritos.

“Yo me casé muy chica, tenía 17 cuando mi primer hijo ya estaba en este mundo y a mis 20 ya tenía cuatro criaturas a mi cargo. Mi esposo se dedicaba a trabajar y trabajar para poder ayudar con la casa”, bastos recuerdos comienzan a invadir la menta de doña José, como ella prefirió que la llamara. “Fíjate que desde que tuve mi cuarto hijo empezaron los dolores, espalda y pies más que nada”.

“Yo pensé que serían temporales, pero ese fue mi error, pensar tal cosa, los dolores aumentaron y fue ahí cuando ya no pude caminar”. Doña José, tiene 63 años sin poder caminar, postrada a una silla de ruedas y con lágrimas en los ojos decía más de lo que expresaba con palabras.

“Desde que mi incapacidad, yo quería saber con qué apoyaría en la casa, no quería sentirme inservible y aparte necesitábamos todos cooperar, por eso comencé a mandar a mis hijos al cerro, a cortar nopalitos, y afuera de mi casa, en bolsitas de medio kilo o kilo, como la gente le gustará más”. La esperanza era más cuando hablaba de cosas buenas, cosas que le ayudaron y un poco para dar luz a un mundo de oscuridad por lo que pasaba.

Su esposo había fallecía cuatro años después de que ella quedara inválida, y eso fue un detonante para que cayera en una depresión fatídica, pero ella no sabía lo que pasaba con su mente, sus pensamientos simplemente ya no daban para más, las ganas de seguir luchando en su día a día era cada vez menor, sus hijos de igual modo desconocía lo que pasaba, simplemente la señora Josefina ya no quería siquiera levantarse de aquel catre en donde pasaba las noches.



Crónica elaborada por Karen Grayeb y Sofía Vera, como parte de la materia de Técnicas del Periodismo II, en la carrera de Ciencias de la Comunicación en la Universidad Vizcaya de las Américas, Campus Colima. 

Revista Enfoques

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