Sobre el mercado del arte o de cómo bolsearon a Chuchita

Sobre el mercado del arte o de cómo bolsearon a Chuchita

Sobre el mercado del arte o de cómo bolsearon a Chuchita

Estimados lectores, una vez más es jueves y el benévolo hado me da oportunidad de dirigirme a ustedes en lo que espero sea una larga correspondencia. Tal y como lo vaticiné en mi anterior columna el panorama del arte se ha tornado interesante, es más yo diría que hasta candente. Y todo porque la semana pasada en la feria de arte contemporáneo más importante de Latinoamérica y una de las más importantes del mundo – Zona MACO -, Avelina Lésper crítica de arte se vio envuelta en la polémica tras destruir una obra del artista mexicano Gabriel Rico en el espacio de exposición de la Galería OMR.

Lésper, quien lograra notoriedad nacional a partir del 2014, cuando tomo una postura inquisitorial al respecto de las producciones de artistas contemporáneos mexicanos y extranjeros, es conocida por su estilo crítico categórico, rebuscado, de mucha dialéctica y por lo general sustentados en teorías estéticas que al devenir el tiempo perdieron protagonismo o incluso relevancia; pero sobre todo es famosa por descartar, denostar y detestar todo aquel objeto artístico que se aleje de las disciplinas, formatos y técnicas tradicionales de la pintura, la escultura, la gráfica o el dibujo; acuñando para estos el término de arte VIP o Video Instalación y Performance, géneros que por el momento gozan de gran auge tanto en el mercado del arte como en las instituciones culturales en el mundo.

Si hubiera que utilizar la terminología de Avelina Lésper para hablar de la obra destruida de Gabriel Rico, diría que era arte VIP como el que más; consistía de dos pelotas, una de futbol y otra de tenis, un cuchillo, una piedra y una pluma suspendidos en una estructura de latón complementada con una repisa de vidrio. De acuerdo con palabras de la propia crítica, ella se acercó a la obra con la intención de añadir a la composición una lata de refresco y tomar una fotografía, esto para demostrar que cualquier adición al arreglo de objetos presentado por el artista no alteraría de ninguna manera el discurso; cuando de acuerdo a sus propias palabras -“como si la obra hubiese escuchado mi comentario y hubiese sentido lo que pensaba de ella, la obra se hizo añicos y se desplomó y se cayó en el piso”-. Las reacciones no se hicieron esperar, los empleados de la galería la confrontaron e hicieron el registro del percance en redes sociales. Al final, después de un intercambio de posibles soluciones que iban desde rehacer la obra o incluso exponerla tal y como quedó después del incidente, el dueño de la galería le hizo saber a Avelina que hablaría con el artista para saber de qué manera podrían zanjar el asunto y quedar a paz y salvo.

Lo anterior forma parte de una declaración en video que Lésper realizó en Milenio, pero las excusas de la imputada la hacen caer en una contradicción muy fuerte al no concederle a la pieza en cuestión la significación de arte, pero ante la perspectiva de pagar los daños ocasionados por su irresponsabilidad sí les atribuye cualidades de ser vivo, que escucha o que siente.

Por otra parte lo providencial del escándalo hace dudar de la autenticidad de este accidente, esto porque tanto el nombre de Gabriel Rico, como el de la propia ofensora e incluso el de la galería se mantuvieron como trending topic durante todo el fin de semana, aunado a esto que el dueño no haga responsable a quien perpetró este daño en su propiedad deja en el aire un hedor a manipulación comunicacional; especialmente si recordamos que antes de Avelina Lésper, la notoriedad del trabajo de los artistas contemporáneos o el de sus promotores no era generalizada, es decir, existía pero rebotando siempre al interior del mismo circuito. Lésper, lejos de perjudicar la imagen y la relevancia de estas disciplinas o la de los artistas cuyo trabajo dice detestar, ha puesto en el foco de atención sobre ellos exponiéndolos a un grupo más amplio de personas.

Seguramente nunca llegaremos a conocer la verdad, lo que sí es posible comprobar es que el accidente ha resultado muy beneficioso como estrategia de relaciones públicas o de marketing digital y de esta manera todos los actores involucrados en la polémica han podido ampliar sus cotos de influencia en el mercado, la crítica o la creación artísticos; dándoles de nueva cuenta la oportunidad de imponer, – desde estructuras verticales de poder- tendencias de mercado, ideologías críticas anodinas e inclusive dar un empujón a la carrera de algún artista echando mano de estos sainetes.

“No publicity is bad publicity, my friends”.

Adenda: Las cabalgatas sí son patrimonio, sus antecedentes, de acuerdo con Márquez Gileta pueden ser rastreados hasta el S. XVII y en tanto hay gente que se identifica con esta práctica no puede negársele esta categoría. Cosa aparte es que se hayan desvirtuado los valores civiles que las sostenían, que las autoridades encargadas de regularlas se duerman en sus laureles o incluso sean parte del problema o que a determinadas personas no les gusten.

 

Continuemos la conversación, para conocer más de arte y artistas de la región sígueme en redes Ig: @elpelondelarte y en mi página de Facebook El Pelón del Arte. Y no te olvides que tenemos una cita en Conexión 98.1 FM, todos lo miércoles a las 10 de la mañana. #Hablemosdearte

Juan Ramírez-Carbajal

Juan Ramírez-Carbajal

Artista visual, promotor e investigador de las artes. Docente de la Escuela de Arquitectura del Centro de Estudios Universitarios Vizcaya de las Américas.