Ser hombre, ser mujer

Ser hombre, ser mujer

Ser hombre, ser mujer

A manera de un canto coral, jóvenes menores de 30 años reflexionan sobre los rituales de paso que los llevaron a convertirse en hombres y mujeres, o aquellas experiencias en que las ideas de lo masculino y lo femenino se han vuelto una cruz difícil de cargar. 



I.- Menstruar

Siento un escalofrío en todo mi cuerpo: un dolor abdominal que jamás había experimentado. Estoy jugando, corriendo con dificultad porque uso los tacones de mi madre. Me inunda algo parecido a tener ganas de ir al baño.

Me siento en el excusado mirando fijamente mis pies, observando los cordones de las zapatillas -que por ser tres números más grandes que los míos- cuelgan hasta tocar el piso.

Subo la mirada hasta mis pantaletas y encuentro una mancha roja irrumpiendo, como con violencia, el blanco de mi ropa interior favorita.

Grito, mi madre tarda cuatro segundos en llegar. Uno, dos, tres, cuatro. La acompaña su amiga con la que siempre juega cartas en las tardes y juntas buscan una toalla femenina para regalarme; el kit de ahora-soy-mujer incluye también una pastilla para los malestares causados por la menstruación.

Reconozco luego el motor del auto de mi papá estacionándose en la acera de enfrente. No lo pienso y corro para alcanzarlo y contarle la noticia: “Por fin me bajó”.

Recibo una felicitación con voz rasposa. Llegamos juntos a la sala, donde estaba mi mamá esperando a que subiéramos, con la cena puesta sobre la mesa. Mi padre se sienta y llora, silenciosamente.


II.- Ser fuerte

10 kilos, 20 kilos, 50 kilos. “Tú debes poder más, los hombres son fuertes”. Escuálido, débil, puro hueso. El levantar carga tan pesada me es prácticamente imposible, pero, debo hacerlo. Porque mi abuelo dice, porque él lo hacía a mi edad, porque soy hombre.

Mis brazos punzan, el hecho de levantarlos por si solos falla. El peso de una ballena se siente en ellos. No puedo decir nada, no puedo quejarme, no tengo el valor de hacerlo. Los machos aguantan.

A la mañana siguiente el dolor se intensifica, cualquier acción de fuerza hace que retumbe, la sensación de miles de agujas clavadas se aviva. Debo actuar normal, debo actuar normal, debo actuar normal. Porque soy hombre. 


III.- Jugar a la madre

A Alice le encantaba viajar con sus amigas. Cuando salía de la universidad, se iban en su carro convertible rosa.

-¿A dónde iremos hoy?

-Vamos a la playa tenemos bastante tiempo sin ir al mar.

La distancia a la playa era de 30 segundos; la universidad se encontraba en la sala, debajo de los sillones, construida con discos y casetes, mientras que la playa estaba en el patio, en una pilita llena de agua, con unas cuantas piedritas y unas sillitas de playa.

Alice era pelirroja, perfecta, de la línea My Scene; el carro rosa, al igual que ella era marca Mattel. Nunca supe su edad. El tiempo en los juguetes es relativo.

Su mejor amiga era Roberta: una muñeca rubia, de pelo lacio y ojos azules. Yo creí en su lema “sé lo que quieras ser”… hasta que llegó Kelly: pequeña, copia exacta de Barbie, con mirada penetrante.

-Alice te presento a mi hija- me dijo mi mejor amiga de la vida real.

-¿Tu hija?, Sharon, se supone que estábamos en la universidad- respondí saliéndome del libreto de los juegos infantiles.

-Sí Laura, pero mi mamá me la compró ayer, ten esta es para ti, venía con Kelly, es una recién nacida- respondió ella, diciéndome por mi nombre, fuera también del guión.

-No estábamos jugando a eso, yo no quiero tener un bebé, mejor yo era la tía que la cuidaba

Alice y Roberta, las muñecas, ya no iban a la universidad o la playa o a pasear en el carro rosa. Roberta dedicaba el juego a estar con su novio Daniel, un peine negro, de la mamá de Sharon, con cabellos negros impregnados. Alice dedicaba su vida a cuidar a Kelly, llevarla al cine, a la playa o por un helado. Siempre sin Roberta.

-Laura, tienes que tener una Kelly, así estaremos juntas- insistía mi amiga Sharon.

-No quiero.

-Si no lo haces, ya no vamos a jugar.

-Entonces ya no te presto mi carro.

-Entonces ya no somos amigas.

Sharon y yo íbamos juntas en todo: en la escuela, en danza, en el catecismo; jugábamos horas con las muñecas y siempre éramos todo, desde espías hasta presidentas; hasta ese día.

Nuestras madres platicaron al respecto.

-¿Carmen, tú sabes por qué las niñas están enojadas?- preguntó la mamá de Sharon.

-Se enojaron porque Laura no quería tener una Kelly de hijo.

-Como que a tu hija le falta más feminidad, ¿no?

-Uy, si supieras, la Navidad pasada le compré un nenuco, con una carriola, ahí los tiene arrumbados, pensé que iba a hacer diferente.

-Quizá cuando crezca cambie.

-Quizá cuando crezca cambie. 


IV.- Chingarle

Que mis manos se llenen de callos, que se vuelvan toscas las palmas, que las tenga rasposas como lijas. Que esté a pleno sol, empapado de sudor, arreglando cercos. Que sea el encargado de casa, salir a ganarme el pan de cada día.

Mi abuelo siempre repite: “Tienes que chingarle, porque el día que tengas una familia tú serás quien se encargue de ellos”, estas palabras taladrando mi cabeza, obligándome a pensar que tal vez tiene razón, tal vez eso me construye, tal vez sea hora de volverme hombre.


V.- Usar brassier

No quería llegar a la adolescencia, saber que dejaría los corpiños y tendría que usar brassier.

Mi madre me dijo: “Hija, tenía que pasar: tienes que aceptar la realidad, no toda la vida te ibas a quedar así.

Me daba miedo llegar a esa edad porque sabía que mi cuerpo cambiaria por completo.

No había vuelta atrás. 


VI.- La masturbación

Empezaron a hablarse con secretos y en voz baja, se reían de mi. Pasaron 20 minutos y le cambiaron de canal a la televisión: de estar viendo Cartón Network, un canal dedicado a los niños con caricaturas, pasaron a Golden Choice, en el que a la media noche pasaban películas para adultos con imágenes pornográficas.

Mi cara con expresión de sorpresa lo decía todo, me bombardeaban pensamientos profundos sobre cómo debía de ser la naturaleza del hombre y la mujer al momento de consumar el acto sexual. En la pantalla se mostraba una pareja de cuerpos músculos y estéticos teniendo relaciones sexuales

Mis primos que antes se decían secretos en voz baja, ahora tocaban sus cuerpos con fines de autosatisfacción. Yo no entendí lo que pasaba, pero sabía que un mundo de nuevas experiencias se había abierto tanto como mis ojos.


VII.- Abuso

Todo parece marchar tan bien, me gusta ver feliz a mi mamá, llena de ilusiones y esperanzas; intentando poder ser feliz de nuevo.

Solo somos ella y yo, mi padre se ha ido para no regresar.

Un viejo amigo de mi madre había llegado a su vida, y por lo tanto también a la mía. Arturo era cada vez mas esplendido y caballeroso con ella, tan cariñoso y atento conmigo, que comencé a tenerle un gran aprecio.

La realidad es que me faltaba un amor de padre y pensé por completo que así podría llegar a ser.

Arturo nos invito a comer a mi lugar favorito, pero mi madre no pudo acompañarnos por su. Es la primera vez que salimos solo él y yo.

Subimos al auto y Arturo trato de besarme. Enseguida le pedí que me llevara al lugar donde estaba mi madre, él solo dijo que era algo normal y que no tenía porqué saberlo ella.

Me sentía tan triste por ver a mi mamá tan emocionada con Arturo que lo único que sentía era miedo por no saber si era mejor guardármelo y contarle lo que pasó.

Me decidí, ella tenía que saberlo. Sin embargo, jamás me mostró sus sentimientos al respecto. Tan solo tomó mi mano, me abrazó y me dijo que todo había pasado.


VIII.- Ser caballero

Cedemos el asiento de la ruta, les dejamos el lugar de la fila o cargamos algo pesado en su lugar. Condenados a ser hombres y servir a ellas, las mujeres.

Me sentía cansado, la espalda me dolía, estaba destrozado mi tobillo; me encontraba dentro de la Ruta 17 en donde todos los asientos estaban cubiertos, la fila dos ocupaba mi cuerpo. Se paró el camión justo en el jardín de Guadalajarita, donde se subió una mujer de unos 25 años. Mi moral entró en conflicto al ver que no había un espacio vacío y decidí ceder el asiento a la chica. Sino qué clase de hombre seria yo.


IX.- No provocar

Lloraba como una niña tonta encerrada en el baño, como si el acto de alzar la voz fuera un delito, salí de la oficina de mi jefa con los ojos llorosos, no tanto por su “regaño”, sino porque conocía su carácter, pero también la fuerza que tenía para defender a las mujeres, oponiéndose a las reglas de una empresa a cargo en su mayoría por hombres; era más mi coraje con ella, por su actitud doblegada.

¿Saben cuál es la opinión de la sociedad cuando se habla de acoso femenino? Que es nuestra culpa, que es por nuestra forma de vestir, de hablar, de socializar con los demás; “debiste hablar conmigo antes de ir a Recursos Humanos, poner un alto desde el principio, ¿por qué no hablaste desde el principio?”, decía enojada.

Me limpié las lágrimas y salí del baño como si nada hubiera pasado. Al entrar a la redacción todo seguía igual, o al parecer eso creía. Me senté en mi lugar y continué revisando las columnas que me faltaban. Tenía culpa y temor de hablar y relacionarme con mis compañeros, todos mayores que yo, algunos casados y con hijos; dudaba de mi forma de vestir, “quizá ella cree que provoco al vigilante que me saluda y abraza efusivamente, por mi forma de vestir o de hablar, me siento tonta”, le decía a un viejo amigo por teléfono…

Para ser sincera, tenía en mente las palabras de mi jefa, me retumbaban en la cabeza. No puse atención a los temas políticos, cursis y banales sin ningún propósito, que al final del día y de la edición también me regañaron por mis errores en revisión.



Autores por orden de aparición: Karen Grayeb; Luis González; Laura Mares; Dani Gálvez; Aly Estrada; Juan Pablo García Macías; Mali Martínez; Jonathan Villa; Samantha Isais Ochoa.

Actividad realizada en el marco de la materia de Técnicas del periodismo I, en la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación, en la Universidad Vizcaya de las Américas.

Revista Enfoques

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