Sentí miedo por primera vez en la camioneta azul

Sentí miedo por primera vez en la camioneta azul

Sentí miedo por primera vez en la camioneta azul

Con sus manos debajo de su cintura midió el tamaño de su miembro. Una escena completamente pervertida que quedó plasmada en mi imaginario. Yo que estaba encapsulado en un mundo donde la ingenuidad sustentaba mi vida de niño, casi adolescente.

Sentía miedo y unas ganas inmensas de salir huyendo del lugar, pero no podía porque estaba atrapado en la camioneta azul, escuchando las palabras puercas del tipo de la veterinaria.

Eran las 11:46 de la noche cuando terminaba mi turno de trabajo en una tienda de auto servicio, ubicada en el kilómetro 5.7 de la carretera Colima-Guadalajara, a la altura de El Trapiche, el lugar donde vivo.

Salí de trabajar. Esa noche mis padres no fueron a recogerme. En la parte exterior, en la gasolinera se veía al señor de la camioneta azul cargando combustible. Cuando el hombre observó que ya me iba de la tienda, prendió su automotor y me siguió hasta alcanzarme: me ofreció raite al pueblo.

Para tomar la carretera al pueblo hay que salir por el Motel Quinta las Fuentes en dirección al Camino Real, una vez que se llega al entronque se gira a mano izquierda hacia el norte, por ende Colima se encuentra al sur, que fue para donde siguió el conductor de la camioneta azul.

“Ey, ¿a dónde vamos?, ¿por qué le das para Colima?”, pregunté cuando cambió de dirección, a lo que respondió: “ahorita venimos vamos al Diezmo a un mandadito”.

Siguiendo el trayecto, a la altura de la Palma Amarilla, se abren dos caminos: una a la capital que supuse sería el más lógico a utilizar por la posición geográfica en la que estábamos, pero este sujeto tomó el libramiento Ejército Mexicano, que va hasta el puerto de Manzanillo.

Fue entonces que comencé a desconfiar e imaginarme lo peor. Le dije claramente que por ahí no era el camino: “no te espantes, vamos a entrar por acá”, respondió. Cuando volvió a cambiar de dirección, estaba desconcertado: el veneno comenzó a corroer mi piel.

En medio de mi paranoia tomó la conducta más anegable que se pueda conocer; sin responder a su trayectoria rumbo al ISENCO, se metió en una brecha donde lo único que se podía observar era el manto de estrellas y en particular el cinturón de Orión, en donde viven los dioses del Olimpo.

La exploración mental para comprender que es lo que estaba ocurriendo, en qué situación ya me encontraba, qué tenía que hacer en caso de comprobar la hipótesis, siendo los momentos más turbios de vida. Se apoderó de mí el miedo, el enojo y la impotencia.

Se detuvo la camioneta en un camino donde no había ni un alma solo yo y la bestia infernal que había sufrido una trasformación natural de los humanos, en la cual, se olvidan toda entidad de valores, justamente para combatir estos comportamientos inhumanos es que se inculcan.

“¿De qué tamaño tienes el pene?, yo lo tengo así, ¿te masturbas?, ¿ya tuviste relaciones sexuales?”, me preguntaba mientras se tocaba su miembro, me enseñaba y quería tocarme. No lo hizo porque le dije que ya nos fuéramos, que ya tenía que estar en mi casa, y se bajó a “orinar”, invitándome a hacer lo mismo.

Gracias a Orión y los dioses eso no sucedió y fue tal suerte que en ese momento me entró una llamada telefónica, era mi jefa de trabajo, preguntaba que si había llegado a mi casa, el tipo se asustó y se subió a la troca azul de la línea Chevrolet: “listo vámonos”, expresó como si no hubiese pasado nada. Le dije a María que ya iba para allá.

Dentro de mí todo daba vueltas, sentí coraje, sentí las perlas infantiles corrompidas y sentí unas ganas inmensas de destrozarlo. No hizo lo que tenía pensado, sino en ese momento yo sería el monstruo para siempre.

Fueron los minutos más aterradores de mi existencia, los que abrieron los ojos al niño, los que mataron la inocencia. Por primera vez el mundo caía a pedazos. La situación se detenía por el resto de la vida en un recuerdo nítido que ha penetrado las entrañas de la débil humanidad.

La primera vez que vi al monstruo vestido de hombre afuera de su cueva, mostró confianza y así los días pasaron, siempre lo saludaba, él respondía igual, yo solo iba a trabajar, siempre tomaba el mismo camino. Él tiene su hijo y su esposa, trabaja en la radio, es político, no sospeché que fuera capaz.

Le compré la imagen que manejaba de buena persona, jamás imaginé que detrás de su máscara existiera tal maldad en raro bicho ponzoñoso que nada más anda buscando a quien enterrar su veneno para joderlo de por vida.

Llegué a mi casa a las 12:15, mis padres se sentían preocupados, de inmediato platiqué lo ocurrido. Y no dieron respuesta: se limitaron a un “vete a dormir, descasa que mañana tienes que ir a las escuela”.

Consternado en la cama, que hacer al respecto y me tragaban las sábanas, la sangre de odio quemaba por dentro mi cuerpo. No se necesita volver a ser el mismo de antes para saber que las personas malvadas conviven todos los días entre nosotros. Huir, sentir y morir.

Jonathan Villa

Jonathan Villa