Secuestrado en Colima

Secuestrado en Colima

Secuestrado en Colima

“El que nada debe, nada teme”, era una frase muy usada por Alejandro, un joven de 24 años de edad, egresado de la Licenciatura en Enfermería en el Centro Universitario del Sur (CUSur), cuando sus padres, como lo hacen todos, le pedían que se cuidara.

Alejandro salió de Zapotitlán de Vadillo, Jalisco hacia Colima capital para cambiar dinero. Llegó a la Central de los Rojos, lugar muy transitado por la población que suele viajar a varias regiones circundantes del estado. Como la mayoría de los jóvenes que creen estar a salvo de todo peligro, se acercó a un hombre que a simple vista no aparentaba pasar los treinta años de edad. Frente a su inocencia, decidió pedirle ayuda para encontrar una casa de cambio, ya que desconocía la zona. El hombre lo ayudó y lo acompañó.

O al menos, eso creía. De donde viene Alejandro las personas son honestas. Jamás imaginó que el sujeto al cual le tuvo confianza lo fuera a traicionar en un lugar desconocido, donde no conocía ni siquiera una ruta para desplazarse.

Al regresar a la central de los rojos después de hacer sus actividades, se despidieron. Alejandro, esperó a que llegara la hora en la que saldría su camión, “treinta minutos pasaron y el hombre volvió diciendo que quería hacerme compañía, decía que su camión se había retrasado”, mientras disfrutaban de una plática sana, cotidiana, y rodeada de temas banales fue cuando todo comenzó a tornarse oscuro, y él no lo sabía.

Más gente se unió a la plática: son dos chicos, con ellos, una pequeña hielera con aguas de sabor. “Que calor hace, dame una”, les dijo Alejandro mientras escogía uno de los sabores. Luego se van. Vuelven a estar solos Alejandro y el hombre, cuando la bebida llegaba a su fin, los malestares empezaron: mareo, la pérdida de fuerzas, hasta que finalmente, perdió el conocimiento.

Se encontraba en un cuarto oscuro, atado de manos, semidesnudo

Despertó y al volver en sí se encontraba en un cuarto oscuro, atado de manos, semidesnudo. Su intento de salir y pedir ayuda es estéril: solo el cansancio lo acompaña. Solo sus secuestradores se escuchan, están fuera de la habitación, ignorándolo. “El Negro”, o al menos, así era llamado su aguador, su dopador. Los golpes, el hambre y el miedo fueron creando una versión sumisa de Alejandro.

“Cortes en los pies, en el estómago, patadas en la cara. Esos métodos tan inhumanos con tal de obtener las contraseñas de teléfonos celulares, tarjetas y datos de mi familia”, cuenta aún con la desconfianza que había nacido hacia su misma especie.

Una semana, o tal vez más. El tiempo pasaba y él, simplemente no se daba cuenta. “Perdí la cuenta del tiempo al igual que las ganas de salir libre, acepté mi destino. No salir nunca y morir ahí”.

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Datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP) revelan que en Colima se han denunciado 55 secuestros, incluyendo extorsivos, con calidad de rehén, para causar daño, exprés y otros. Esto desde 2015 al 30 de septiembre del 2019.

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Fuente: SESNSP, 2019

2018, el año en que sucedió el secuestro de Alejandro, es el que más secuestros ha registrado de forma oficial, en el último quinquenio; y su contraparte, con los menos, en 2015. Esto representa un incremento del 675 por ciento en tan solo tres años.

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Una voz en su cabeza suena. Es la voz de su madre, “Alejandro, Alejandro”. Lo alienta, le da esperanzas y él, se tiene que aferrar a ellas. Un joven nuevo entra a la habitación, pero con la misma misión de los demás: mantenerlo con vida y drogado.

La oportunidad era clara, sus ganas de liberarse y estar de nuevo con su familia eran más fuertes que el sol a mediodía durante su trabajo. Una patada, una caída, la salvación. El hombre había quedado noqueado. “Salí y atado a una mesa estaba otro joven, lo liberé y me ayudó a encerrar al monstruo en el cuarto”.

Corriendo sin parar, con el anhelo de ser auxiliado, y deseando tener más aire para respirar; agitado, con sus piernas deshechas, y el miedo recorriendo su cuerpo: había llegado. Para él ha pasado una eternidad, para el reloj, solo 40 minutos.

Señas, gritos, desesperación. Los vehículos pasan de largo, lo ignoran. Tal vez por el escenario: un chico semidesnudo a bordo de la carretera; cualquiera tendría desconfianza. Muchos lo llamarían suerte, otros, bendición, para Alejandro, la gloria. Un taxi se detuvo, a pesar de lo sospechoso y raro que todo eso se veía, decidió ayudarlo, “¿a dónde lo llevo?” le preguntó.

Mientras las lágrimas brotaban de sus ojos y recorrían sus mejillas, como la lluvia en un cristal, recordó el único lugar que conocía, La Diosa del agua; los dedos no le alcanzaban para contar. Salvación, miedo, sesenta minutos: tiempo que pasó en llegar al lugar. Sin identificaciones, sin dignidad, y el pavor que a su cuerpo no abandonaba. Con un celular comprado en Coppel gracias a sus aún intactas huellas dactilares, llamó a sus padres; respiró hondo, tomó fuerzas, y marcó el número, “estoy libre, estoy libre, vengan por mí, estoy en Coppel”.

Estoy libre, estoy libre, vengan por mí, estoy en Coppel

Una hora de distancia fue suficiente para subir la adrenalina al máximo. Presión en el pecho, sudor en las manos. La llegada de sus padres es lo mejor que le ha pasado. “Nunca había sentido tanta felicidad por verlos. Lloré de alegría, me sentí seguro. Por un momento me olvidé que tenía frío por semidesnudo. Solo quería irme a casa y nunca regresar”.

Alejandro ya no sale solo, de hecho, si no es necesario, no lo hace. Falsas amistades que se fueron, otras que se reforzaron. El sentimiento de seguridad ya no existe en su vocabulario; un recuerdo, un nudo en la garganta, un trauma de por vida.



Crónica elaborada por Jonathan Villa, Daniel Gálvez, Luis González y Juan Pablo García Macías, como parte de la materia de Técnicas del Periodismo II, en la carrera de Ciencias de la Comunicación en la Universidad Vizcaya de las Américas, Campus Colima. 

Revista Enfoques

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