¿Qué está pasando?

¿Qué está pasando?

¿Qué está pasando?

Sin lugar a duda la tragedia acontecida en un colegio de Torreón, Coahuila la semana pasada cuando un niño se disparó contra maestros y compañeros para, posteriormente, acabar con su propia vida; nos cimbró a todos y nos obliga a reflexionar sobre la pregunta que da nombre a esta colaboración. Lo primero que se me vino a la mente fue un acontecimiento similar en 2017 en la ciudad de Monterrey, donde otro adolescente disparó contra otros alumnos y maestra, terminando también con su propia vida. 

Estos lamentables acontecimientos nos han sorprendido como sociedad. Hace algunos años creíamos que esto solo pasaba en Estados Unidos, en algún pequeño país de Europa o una región asiática. Penósamente ahora también están ocurriendo en nuestro país. Ante esto, la primera reacción es buscar una explicación y una forma de prevención. 

En el terreno de las explicaciones se han desatado en los medios de información, redes sociales, e incluso, en el propio gobierno, distintas hipótesis que van desde desintegración familiar y hogares disfuncionales, pasando por irresponsabilidades de las escuelas, y terminando con absurdos como culpar a los videojuegos. Si esta ultima aseveración tuviera algo de seriedad, países como Japón y Corea del Sur (principales consumidores de videojuegos en el mundo) serían auténticos campos de guerra. Sin embargo, la realidad es que en estos países el índice de homicidios es muy bajo.

Cuando estos acontecimientos ocurren en Estados Unidos la primera explicación es establecer una correlación entre el número de asesinatos y con lo permisiva que es esa sociedad con la comercialización y uso de armas de fuego. Nuevamente los datos no cuadran ya que, paradójicamente, México tiene casi el doble de homicidios con prácticamente la mitad de los habitantes de la sociedad estadounidense y en nuestro país está prohibida la comercialización y uso de armas de fuego en lo general.

Resulta irresponsable opinar sin conocimiento. Un servidor no caerá en ese error, ya que la reflexión es más profunda y las causas derivan de una serie de factores múltiples que obligan la intervención de profesionales y expertos en el tema. Elementos sociales, psicológicos, económicos, legales, médicos, etc., configurarán, sin duda, las causas de que estos acontecimientos sean cada vez mas visibles en nuestro país, y con ello, deberán venir las soluciones para evitar que sigan ocurriendo.

Se puede implementar, nuevamente, programas como el de Mochila Segura pero, sin duda, lo más importante no es qué trae el adolescente o niño en la mochila, sino en la cabeza. ¿Todos estamos cumpliendo con lo que nos toca hacer? ¿Los padres son responsables con sus hijos, le dan atención, afecto, cariño y los incentivan para estudiar y cumplir con sus propias obligaciones? ¿Los maestros están capacitados para detectar señales de qué algo está mal y, en su caso, cuentan con un protocolo para actuar en consecuencia? ¿El Estado evita la proliferación de armas ilegales de la mejor manera?

Al final del día todos somos, de alguna manera, copartícipes por lo menos de omisión, de algunos de estos riesgos sociales que terminan con estas consecuencias. Teorías conspiracionistas de “influencers” de redes sociales y medios de comunicación difundiendo dantescas e irrespetuosas imágenes para los familiares de las víctimas con encabezados impactantes terminan por aderezar este cuadro.

Un acontecimiento así de desgarrador debería implicar un alto a la vorágine social, obligarnos a ser sensibles con la pena que atraviesan los familiares de los fallecidos y heridos, a poner un alto al morbo en redes sociales y la mercantilización de la noticia. El debate seguirá en los próximos días, espero que más en búsqueda de soluciones que de culpables.