Puras buenas intenciones

Puras buenas intenciones

Puras buenas intenciones

Dice un famosos dicho proverbial que el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones. De eso se han encargado nuestros políticos, cuyo discurso corresponde más a una retórica ampulosa, llena de fantasías, pero nula planeación y casi nada de método, trabajo y coordinación para cristalizar todo ese florilegio de buenas intenciones. 

Y es que nuestros políticos en lugar de endulzarnos el oído y decir un discurso demagógico deberían, ante todo, responder a las necesidades de la población de manera real, concreta, eficientemente, a través de toda una metodología, un plan de trabajo bien organizado.

Ahí está, como un ejemplo incontrovertible de este afán populachero, la implementación en este año del Instituto de Salud para el Bienestar (INSABI). En los hechos, este nuevo instituto viene a sustituir al Seguro Popular: es lo mismo, pero con más fallas, pues los trabajadores de salud no tienen claras las reglas de operación, primer, y segundo el presupuesto es el mismo al asignado al otrora seguro popular. 

Se trata, por lo tanto, de un mal diseño del INSABI; una pésima planeación para darle operatividad y que este instituto, cuyo objetivo es dotar el servicio de salud de manera universal, cumpla con este meta. 

En la realidad, ya en los hechos, las buenas intenciones no cuentan: las personas, los ciudadanos quieren eficiencia y ser atendidos. Lo que sucede, en este caso, es que al no haber presupuestado un recurso mayor para atender a todos aquellos ciudadanos que acudan con su credencial o curp, agravan el problema de desabasto de medicamentos. 

Y es que antes el seguro popular atendía aquellos que se inscribían, y el recurso federal estaba asignado para atender a un específico padrón de afiliados. Todo eso se fue al traste con la premisa de que ahora todos podrán ser atendidos sólo con mostrar la credencial electoral o la CURP. 

Lo anterior es genial, excelente. Pero la situación es que el recurso asignado no ajusta para atender a la población que de manera extraordinaria se suma al padrón de beneficiarios del otrora Seguro Popular. 

Aunado a esto, el INSABI comenzó operaciones este año con una serie de irregularidades, como el aumento desproporcionado de las cuotas de recuperación, que en algunos casos pasó de 80 a más de 400 pesos. Esos errores se han ido subsanando, pero persisten otras en el grado tres de atención, donde el seguro popular antes alcanzaba para enfermedades como el cáncer. 

Ahora todo está detenido, lo que significa en los hechos prácticamente una sentencia de muerte para aquellos pacientes de cáncer que requieren, de manera impostergable, sus medicamentos y tratamientos para combatir esta devastadora enfermedad. A ellos el gobierno de Andrés Manuel les dice que se esperen, pero tiempo es lo que menos tienen. 

Los testimonios de estas terribles situaciones abundan en las redes sociales y noticieros nacionales. No se trata de descalificar la acción del gobierno, tan loable, de buscar universalizar el servicio de salud, sino de que realmente se logre esto a través de un trabajo bien organizado y claro, preciso, que dé las pautas para cumplir con este objetivo tan encomiable. 

Dos puntos 

El Gobernador Ignacio Peralta es uno de los mandatarios estatales que se suma a que el INSABI tenga éxito. Y claro, a todos nos conviene que así sea, pero esto se logrará con un buen trabajo de coordinación y claras reglas de operación, como las que tenía el Seguro Popular. Ahora se recomienza de cero, en un camino que ya tenía un buen tramo de avanzado. En lugar de mejorarlo, se optó por desaparecerlo. Sí, tenemos el INSABI, que es lo mismo que el seguro popular, pero con más errores en su operación. 

César Barrera

César Barrera