Nacer mujer: vivir en desventaja

El pasado 25 de noviembre se observaron distintas manifestaciones en el marco de la conmemoración del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Sin duda, la expresión más lacerante de esta violencia es la de la impunidad ante actos de feminicidio, agresiones físicas y psicológicas.

Una violencia callada, que no se manifiesta, es la que parte de una desigualdad económica entre mujeres y hombres. En el Informe de movilidad social en México 2019, elaborado por el Centro de Estudios Espinosa Yglesias, queda de manifiesto esta brecha en dos sentidos: es 14% más probable que una mujer descienda de un alto nivel socioeconómico a que lo haga un hombre, y es un 6% menos probable que una mujer que nace en un hogar con un nivel socioeconómico bajo logre ascender a que lo realice un hombre.

Dichas estadísticas no surgen de la espontaneidad, sino que son el fruto de problemas con raíces profundas en nuestra sociedad. Por un lado, los roles y estereotipos de género aún prevalecen arraigados, pues si bien observamos que del total de estudiantes universitarios la mayoría son mujeres la participación en el mercado laboral es predominante para los hombres. Esta situación implica que a pesar que las mujeres están desarrollando capacidades y adquiriendo habilidades a través de educación universitaria, no las ponen en práctica porque pasan directamente del acto de graduación a cuidar del hogar y no al mercado de trabajo.

La baja participación de las mujeres en la fuerza de trabajo tiene repercusiones en otros aspectos de su vida. Al no contar con una fuente de trabajo, un ingreso estable o suficiente para satisfacer sus necesidades, las mujeres quedan en vulnerabilidad económica o generan dependencia a quien les provea de estos elementos. Esto a su vez deviene en un motivo de la omisión de denuncias por violencia intrafamiliar o de género.

Por otro lado, la exclusión de las mujeres en el mercado laboral propicia un problema con alto costo social: la falta de acceso a sistemas de seguridad social. Si una mujer no tiene acceso a un trabajo formal, no tiene acceso a instituciones de salud, ni a recursos a los cuales recurrir ante una eventualidad como embarazo o accidentes. Aún peor, en el largo plazo, no contará con acceso a una pensión a la que haya contribuido a lo largo de su vida productiva lo que la hará dependiente de aquellos programas asistenciales que pueda o no implementar el sector público.

Son múltiples las desigualdades que se observan al interior de la gran brecha de género en nuestro país, lo que nos hace llegar a la conclusión de que contar con la “suerte” de nacer mujer en México es nacer con una desventaja natural en relación a nuestra contraparte masculina. Durante los últimos años se han creado instituciones y políticas públicas que cada vez visibilizan y atienden esta desigualdad; sin embargo, aún prevalecen enormes retos para garantizar que el sexo de una persona no sea determinante de pobreza o vulnerabilidad social.

Es impostergable que todas las políticas educativas, económicas, y sociales tengan una perspectiva de género; además de una dimensión regional, pues no es lo mismo ser mujer y residir en la zona urbana, que ser mujer y vivir bajo las condiciones de la ruralidad en nuestro país. Es impostergable que sigamos exigiendo desde todas las trincheras posibles: marchas, trabajo, escuela, familia, redes sociales, prensa y a través del voto y participación política que se cristalice nuestro anhelo de vivir en igualdad hombres y mujeres.