Lo malo de ayer es lo nuevo bueno de hoy

Cesar Barrera 7 de octubre de 2020

Porfirio Muñoz Ledo, en un destello de lucidez, expuso en un discurso que el mayor valor de un político es la congruencia, cuya acepción la real academia define como la coherencia, la relación lógica. Por consiguiente, una persona congruente, en este caso un político, es aquel que actúa conforme a sus dichos.

Me llama poderosamente la atención, en el caso de la desaparición de 109 fideicomisos –entre los que se encuentra el Fonden, el Fondo Metropolitano, entre otros rubros relacionados a las ciencias, cultura y educación–, que quienes ahora aplauden su desaparición fueron los mismos, que en el pasado, condenaron esta acción de otros gobiernos.

Y viceversa: los que de 1982 a 1994 repudiaron y bregaron para que durante los gobiernos de Miguel de la Madrid y Salinas no desaparecieran estos fondos y fideicomisos, ahora son los principales artífices de que ahora hayan desaparecido la totalidad de ellos.

¿Dónde quedó la congruencia, tantos de unos como de otros? El tema no puede reducirse a opiniones y posturas, porque ya vemos que estas son veleidosas y se pierden en los relativismos del pragmatismo partidista y la consigna vertical de quien manda; en este caso, el Presidente Andrés Manuel.

Por lo tanto, analicemos por partes y tratemos de llegar a una verdad racionalmente válida, excluyendo cualquier prejuicio, incluso el de la corrupción, porque dice el dicho que el camino al infierno está empedrado de buenas causas y voluntades.

Primero, ¿qué es un fideicomiso? Es un contrato entre la administración pública e instituciones financieras, que se constituyen para realizar distintos fines, a través de recursos del estado pero, también, de fundaciones privadas, organismos internacionales, entre otros.

Ahora bien, ¿para qué sirven los fideicomisos? Particularmente tiene un objetivo fundamental: garantizar que esos recursos existan en el tiempo, independientemente de las negociaciones presupuestales, así como de la coyuntura económica.

De esa forma, se garantiza, por ejemplo, que el Politécnico Nacional tenga recursos, no obstante, la crisis económica generada por la pandemia. Los fideicomisos han permitido, en más de 30 años, conseguir los fines deseados, procurando y usando recursos con reglas distintas a las del gasto corriente.

¿En qué consisten estas diferencias? Si, por ejemplo, había que salvaguardar la vida de un defensor de derechos humanos o un periodista –existía un fondo para eso–, comprándole un boleto de avión urgente, existía el recurso expedito para hacerlo.

Esto era así, porque a través del fideicomiso, con reglas también rigurosas, permitía aumentar la coinversión por medio de otros financiamientos en políticas públicas, bien precisas, como la educativa. Y en este caso, aquí en Colima, tenemos el antecedente de las instalaciones que se construyeron, con recursos de Japón, para dotar al municipio de Armería de un centro alfabetización y educación orientada abatir el rezago educativo en la población adulta.

Ese centro no se hubiera podido construir sin un fideicomiso, los cuales, en este caso como en muchos otros, ayudan hacer más eficiente el gasto. ¿Son opacos y son corruptos los fideicomisos? No hay una sola prueba que demuestre esto. Y es así porque son totalmente transparentes.

Estos fondos funcionaban sin secreto fiduciario: se sabía de quién era la lana, quién la estaba gastando y cómo la estaban gastando. Estaban sujetos a la ley de transparencia, eran auditables y auditados, tanto por la función pública como por la auditoría superior de la federación.

No era necesario, por lo tanto, crear ni una estrategia adicional para saber qué pasa con los fideicomisos, porque que cada trimestre reportaban ante la Secretaría de Hacienda y el congreso de la unión cómo se estaban gastando esos recursos, además de que se gobernaban a través de comités técnicos.

Estos comités técnicos fungían, a su vez, como otros mecanismo para prevenir actos de corrupción, pues tomaban decisiones de manera colegiada, dando muy buenos resultados en áreas como la cultura, la ciencia y la educación: sólo eran beneficiados los mejores proyectos, aquellos que cumplían con todos los parámetros.

Ahora bien, por actuar por consigna presidencial, Morena y sus aliados en el congreso de la unión van a generar otra crisis –aunada a la económica, de salud y seguridad y política–, porque, primero, la mayoría de los recursos de estos fideicomisos ya están comprometidos contractualmente (se van a meter en un pedo jurídico).

Y segundo, del recurso que quede, no todo este dinero es del gobierno federal y tercero y más importante, no todo es líquido; es decir, sus activos no se pueden convertir en dinero tan rápida y efectivamente. Un ejemplo es el fideicomiso de las afores: ¿se va cancelar estos mecanismo? Es presumible que no.

Pero lo peor de todo, es que en aras de combatir la corrupción y la opacidad, Morena y sus aliados están proponiendo concentrar todo este recurso en un mecanismo sin transparencia, que es el manejo de excedentes discrecional por materia del presidente. Es decir, lo que al presidente le dé su voluntad, en qué, cómo y cuándo gastarlos. Y recordemos que el 2021 es año electoral.

Dos puntos

Volvemos a la congruencia: el presidente descalifica a los fideicomisos, tachándolas, sin pruebas, de que son corruptos, cuando en realidad se benefició de estos para hacer una de las obras que más cacareó en su administración como jefe de gobierno en el distrito federal: el segundo piso periférico. Por otro lado, se gastó los 327 mil millones de pesos del fondo de estabilización, recurso generado durante los gobiernos de Calderón y Peña Nieto. Si no funcionaban, ¿por qué se generó esta bolsa de recursos? Lo que no funciona, y de eso sí hay pruebas, es la manera en que el presidente se gasta los recursos públicos, construyendo estadios de béisbol y obras faraónicas que no reactivan la economía. 

Cesar Barrera
Autor: Cesar Barrera
Periodista. Maestro en educación. Analista político....
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Cesar Barrera
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Periodista. Maestro en educación. Analista político.
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