La revolución del XXI: mujeres al poder

Escribir sobre la realidad de las mujeres en México no sólo duele, sino también enoja. Desde hace años escuchamos y leemos noticias diariamente sobre la desaparición de hijas, madres, hermanas y amigas; historias que generalmente no tienen un desenlace agradable y otras tantas que siguen inconclusas.

La violencia de género en nuestro país incrementa con el paso de los días. La expresión más cruda de esta situación son los feminicidios; de acuerdo a cifras del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública entre 2015 y 2019 los feminicidios incrementaron en un 128%, acumulando en total 3,587 vidas perdidas por el simple motivo de ser mujeres mexicanas. Y a este indicador habría que sumar la desaparición de 10 mujeres al día, que el 27% de las mexicanas ha experimentado algún tipo de violencia entre otras estadísticas que dan magnitud a los discrusos y a los documentos de política pública.

Lamentablemente ser mujer y vivir en México es una lucha diaria por la sobrevivencia. Atreverse a vivir es sinónimo de encontrar coraje para transitar sola por la vía pública, en el afán de asistir a la escuela o al centro de trabajo; es mostrar valentía al tomar el transporte público, corriendo el riesgo de ser secuestrada por los conductores o de sufrir el acoso por parte de otros pasajeros. Incluso atreverse a iniciar una relación sentimental con alguien del sexo opuesto podría significar firmar la sentencia de nuestra propia muerte.

Es verdad que los mexicanos tenemos altos niveles de tolerancia a pésimos resultados de gobierno. Vivimos en medio de quejas sobre el desempeño de la economía, corrupción e inseguridad, pero a puerta cerrada o tras la comodidad de las pantallas. Sin embargo, las mujeres mexicanas están haciendo la revolución del siglo XXI mediante las diversas formas de protesta que nos brindan los derechos constitucionales de libertad de expresión y libre manifestación. A pesar del señalamiento y criminalización social sobre las formas de protesta, las mujeres no quitan el dedo del renglón porque reconocen que mientras sigan incomodando con sus gritos y pancartas seguirá latente nuestra desesperación por nuestro derecho a la seguridad y a la vida.

Lamentablemente poco o nada ha surgido a raíz de estos llamados desesperados, pues a pesar de la creación de instituciones e implementación de políticas públicas, tanto en las estadísticas como en la carne propia seguimos constatando la nula efectividad de las mismas. Y si esta escasez de resultados es indignante, lo acontecido en Cancún es insufrible; es retroceder décadas en la historia de nuestro país regresando a los episodios de autoritarismo que escurrieron un rojo amanecer en la década de los sesenta.

A pesar de estos intentos de represión las protestas no cesan, sino que se alimentan para seguir señalando los problemas aún con mayores elementos. Y si el gobierno no escucha y elabora soluciones en colaboración con quienes sufren el problema, quizá el camino es que las mujeres se conviertan en gobierno; más allá de acciones afirmativas como las cuotas de paridad en los partidos, es necesario un compromiso profundo con las causas sociales defendidas por quienes se manifiestan. Es desde el poder donde se pueden transformar las realidades, y la nuestra exige un cambio.