ICONOCLASTA.- ¿Qué está pasando en Latinoamérica?

ICONOCLASTA.- ¿Qué está pasando en Latinoamérica?

ICONOCLASTA.- ¿Qué está pasando en Latinoamérica?

Latinoamérica se encuentra convulsionada. Las protestas sociales junto con las crisis políticas y económicas tienen al subcontinente en un escenario que no se veía desde hace varios años. Sin embargo, tratar de diagnosticar todas las causas de estas convulsiones en un mismo rasero es, a decir lo menos, un desacierto. Los detonantes de las convulsiones han sido diversas. En unos casos, medidas económicas impopulares, en otras, elecciones con una sombra de fraude electoral, y en unos otros, el resultado de un proceso largo de agotamiento de las instituciones.

Es irresponsable comparar, por ejemplo, el caso venezolano con el chileno. Mientras el primero es un desastre desde todas las ópticas posibles, el segundo tiene causas muy específicas, incluso propias de países de primer mundo. Comparar la crisis argentina fraguada por años de gobiernos peronistas y explotada con Macri, no puede tener parangón con la crisis política boliviana ocasionada por el intento reeleccionista de Evo Morales salpicado de una gran sospecha de fraude electoral. No podemos medir igual la crisis centroamericana con la situación que le estalló al Presidente Lenin Moreno en Ecuador. 

Claro es que existen ciertos factores comunes que ayudan a explicar uno de los trasfondos de la problemática en general, pero un análisis responsable debe detenerse en los contextos sociales, económicos y políticos específicos de cada país. Es francamente risible que desde la izquierda se aplaudan las protestas chilenas celebrando el agotamiento del mal llamado modelo Neoliberal, cuando el modelo aplicado en Latinoamérica puede tener mayor antonomasia, Venezuela, ha sido un completo fracaso. Es una desfachatez que Mariela Castro, sobrina de uno de los mayores dictadores de la historia latinoamericana, Fidel Castro, llame dictador a Piñera.

Entre el común denominador latinoamericano está la cada vez mayor pérdida de la confianza en las instituciones y la propia democracia liberal. El último informe de la iniciativa Latinobarómetro muestra desencanto por la democracia en Latinoamérica, el apoyo a la democracia no llega ni a la mitad de la ciudadanía del continente. En la última década aumentó el porcentaje de personas seguras de que la democracia no es el mejor sistema de gobierno posible. Esta tibieza se ve reflejada en cambios tan drásticos como castigar en Argentina el peronismo perpetuado por los Kirchner con la llegada de Macri y, al no resolver este de mejor manera la crisis heredada, darle de nuevo una oportunidad al peronismo con el regreso, ahora como vicepresidenta, de Cristina Fernández de Kirchner, de quien todavía pesan diversas acusaciones. O que, en Brasil, después de la llegada de Lula Da Silva y su continuidad en la figura de Dilma Rousseff, se castigaran sus actos de corrupción con la llegada de un populista y extremista de derecha como Jair Bolsonaro. 

El caso chileno es el que más llama la atención. Por un lado, porque ha sido el pretexto perfecto para que los simpatizantes de la izquierda latinoamericana puedan augurar el agotamiento de un sistema económico de libre mercado, mismo que por ignorancia de todo aquel que no es diestro de la técnica económica llama Neoliberal. Cuando hablamos de un país con la mayor movilidad social de la OCDE, con una reducción de la pobreza de un 40 a un 10 por ciento, que se sitúa en el puesto número diez entre los mejores sistemas de pensiones en el mundo según Bloomberg, que han elevado el número de personas educadas, que cuentan con el mejor sistema fiscal del subcontinente, que son el país más avanzado en digitalización en América Latina, que se encuentran en la transición hacía ser un país de renta alta, etc.; se necesitaría ser muy obtuso para llamar a este modelo como fracaso. 

Entonces, ¿qué pasó en Chile? Las demandas chilenas son propias de un país que ha transitado de una sociedad con una economía de clase media, media baja; a una de clase media a media alta. La falta de éxito en la reducción de la desigualdad es uno de los detonantes, y ello es propio de una economía más rica. Si, por ejemplo, tomamos el Índice de Gini (indicador para medir la desigualdad), encontramos que Chile está entre los veinte países mas desiguales del mundo, pero encima de ellos está Venezuela o Camboya. ¿Usted preferiría vivir en Camboya o Venezuela que en Chile? Al final de cuentas se puede ser muy igualitario tanto para arriba como para abajo.

Una de las voces más autorizadas por la izquierda latinoamericana es el Expresidente chileno Ricardo Lagos. Pues bien, en una entrevista publicada en el diario El País, explica de manera clara como la nueva clase media chilena tiene nuevas demandas (recordemos que la pobreza se redujo de 40 a 10 por ciento), siendo una de estas no volver a ser pobre. Esto es revelador, es por ello por lo que no se puede pasar por el mismo tamiz todas las crisis en Latinoamérica. Las demandas sociales en Chile tienen más que ver con las protestas parisinas que con las de Caracas. Es una clase media que demanda un futuro mejor y hace todo lo posible por no regresar a un pasado de pobreza.

En otra entrevista del mismo Lagos, pero en esta ocasión con el periodista argentino Andrés Oppenheimer, cuenta una anécdota que ayuda a entender la situación chilena. Durante una visita al suburbio chileno de Renca, cerca de la capital, el expresidente visitó un complejo de viviendas que había sido construida hace casi dos décadas por su gobierno para gente que hasta entonces vivía en casas prefabricadas. Durante la visita, quedó sorprendido por el nivel de descontento entre sus residentes. “Me dijeron: ‘¿Cómo pudieron construir estas viviendas sin lugares para estacionar el auto?’ ”, recordó Lagos. “Yo les respondí: ‘¿Usted pensó hace 20 años que tendría un auto?’ Y cuando me dijeron que jamás lo habían pensado, les dije, ‘Bueno, yo tampoco lo pensé’ ”.